Tres días de Santino

Todavía en la clínica, recibimos la visita de tus tíos, entre ellos el simpático Tío William, un hombre gordito y afanado con la gaseosa, a quien considero de los más divertidos sujetos que he conocido; junto a él estuvo Miguel y su madre, además de la prima de tu mami, de quien no recuerdo el nombre y evidentemente tu abuela. Yo estaba relajado, acababa de llegar de casa, esperaba la llegada de tu otra abuela para que pudiéramos conversar a fondo, compartir algo más allá de un lonche improvisado e ir anticipando ideas a lo que sería tu llegada, digo esto, Santino querido, porque no estabas presente en la habitación debido a que te llevaron a que bebieras tu fórmula, allá donde las enfermas, a quienes seguramente conquistaste con lo galán que eres, y en la espera, hubo cierto palabreo, alguna que otra compra, tales como panecillos, cachitos de manteca, la indispensable gaseosa y alguna que otra golosina.

Me recuerdo que junto a Miguel, un sujeto bastante agradable, fuimos caminando a Wong, que es un supermercado donde venden de todo un poco, y en el andar conversamos sobre la vida, los sucesos, cualquier otra tontera que se me ocurra, e intercambiamos risas. Le dije que compráramos panecillos, de esos cachitos sabrosos y su respectiva gaseosa; además de unas galletas para su madre, quien también estaba en la habitación charlando de una serie de temas. Mi vieja, es decir; tu abuela, es una persona que no soportar dos cosas: a la gente y los lugares apretados, razón por la cual, al momento en que volvimos, la sentí con ganas de zafar, de querer irse de vuelta a casa como si hubiera cumplido con su llegada y fuera momento de su partida. ¿Cómo llegamos a conocer a las personas? Con el tiempo, precioso. A veces sin preguntar, solo viendo. Y yo, mientras tanto, tomaba gaseosa junto al gordito William, un hombre totalmente agradable con una simpatía excelsa, y hablaba de todo un poco sin fondo en mis temas porque soy así, me gusta ser banal y superficial porque prefiero no profundizar en nada y adoro la chacota, todo esto hasta que te vimos volver, algo que realmente necesitábamos para darle razón y motivo a la visita.

Cuando apareciste, nos olvidamos de lo que conversábamos para enfocarnos netamente en tu preciosura, evidentemente, eres como yo, (porque soy tu padre y porque nos parecemos en ADN) y además tienes mi sangre; sin embargo, a veces se atreven a decirlo y otras veces lo evocan ligeramente. Poco importa. A mí me gusta pensar que nos parecemos y yo nunca he dicho que alguien se asemeja a mí. Es curioso como dejamos los egos cuando amamos, y yo te amo, precioso y por tal motivo, digo y afirmo que mi amor por ti es proporcional a tu presencia y existencia, de repente no lo entendemos tanto al inicio; pero el amor es algo que se siente, no tanto comprende, así que vamos a regalarlo constantemente, mi amor.

Para entonces, yacías en los brazos de tu fatigada madre, ella, -preciosa, obviamente- estaba cansada, tan agotada que quería dormir; aunque las visitas continuaran hablando en adjetivos acerca de tu belleza prodigiosa como si tuvieran que inventar palabras para describirte, y yo, tranquilo y sereno, agrupaba su palabreo para compartirlo en suspiros que irían a tus mejillas, entonces, creo que sonreías, Santino porque la gente te quiere y uno de los hechos más importantes en la vida es que te quieran tal y como eres, ahora, -en síntesis- si te quieren como eres desde nacido, imagina como van a amarte con el tiempo.

Y con mayor razón si eres como yo.

Que el ego nos una; aunque de tu madre vas a obtener la sencillez. Y, finalmente, de pronto, ambos cayeron dormidos. Y tanto visitas como yo, nos fuimos para dejarlos en paz.







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