Moquillos del mal

Santino querido, el susto que nos diste hoy fue terrible; sin embargo, lo esencial es que el temblor por los sucesos de la mañana no se acrecentó.

Lo recuerdo; aunque quisiera olvidarlo, tomaba desayuno junto a tu tío conversando sobre situaciones banales, la navidad y el año nuevo, sus festejos y sus bobadas, cuando de pronto recibimos la inesperada y sospechosa llegada del hermano de tu mami, quien apuradamente informó que andabas atorándote y ahogándote, las palabras se clavaron en mi cabeza, razón por la cual, recorrí hacia tu encuentro a pesar que andaba en ropa de dormir. No hubo tiempo suficiente ni necesario para arreglarme porque debía de salir volando hacia tu salvación. Según una llamada, estabas en un policlínico cercano junto a tu abuela y tu madre, motivo por el cual corrimos hacia allá como fieras salvajes al tiempo que tu otro tío llamaba tu abuelo para que diera indicaciones acerca de lo que transcurría. Todo era inesperado, raro y a la vez preocupante, tanto que podía agobiarnos, enloquecernos y por supuesto que asustarnos. Llegamos a tal sitio ubicado a unas cuadras de mi casa y nos dijeron que habías ido hacia una clínica cerca, tuvimos que detener un taxi y arribar hacia allá con una abominable y afortunada rapidez. Al bajar nos encontramos con tu madre y abuela, la señora te tenía en sus brazos, se adentraron preocupados en emergencias, sagaces y con lloriqueos incesantes. Yo estaba tratando de estar sereno; pero es imposible mantener la cordura cuando el mundo se desestabiliza. Entramos todos a emergencias guidados por un guardia que nos condujo por unas escaleras auxiliarías con acceso directo a la sala de pediatría. Allí se encontraste con tu abuela mientras que tu madre hablaba acerca del afortunado seguro que recién adquiriste (qué suerte, eh) y entonces tuve un tiempo para conversar con tu madre, a quien abracé y traté de calmar para apaciguar un momento. Sentimos calidez en los empleados del sitio, algo considerable y beneficioso, tuvimos suerte de estar prácticamente solos en el salón; aunque la espera se hacía ciertamente tediosa, entonces lloraste y sentimos algo de alivio. Paz por un ratito. Tu madre no podía hablar con claridad, estaba preocupada, tensa y despeinada; pero lo último poco importaba. Al rato, la dejaron entrar. Y fue entonces que junto al resto de tus tíos, dos hermanos de ella y uno mío, entablamos un poco de plática para relajarnos un tanto mientras que a ti te vigilaba la doctora y a tu mami y abuela le explicaban la situación.

Pasaron treinta a cuarenta minutos que resultaron casi eternos; sin embargo, yo me sentía calmado, y es algo que espero puedas adquirir de mí, esa calma para manejar las situaciones más complejas de la vida, yo sé que es difícil porque a veces el mundo nos come y devora; pero hay que tener una dosis de parsimonia para resolver los conflictos. La tuve y todo empezó a mejorar.

Diagnosticaron una ligera obstrucción en las vías nasales y con un instrumento aspiraron los moquillos que no te dejaron respirar. Al instante, te sentiste mucho mejor, quisiste teta y lo celebramos con alegría.

Es curioso acabar de escribir este episodio al borde de tus tres meses, así que la siguiente publicación va a tratar acerca de ratos maravillosos ubicados por la santidad de tus primeros tres meses.






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